Reflexiones Lejos de Santiago

Hace más de un año que llevo viviendo en Valdivia, la capital de la nueva Región de los Ríos. En ese lapso, he podido darme cuenta de lo que significa vivir lejos de la cuna; lejos de la familia, los amigos y, sobre todo, lejos de la ciudad donde nací.
Santiago, con esmog, Transantiago y todo, no deja de ser ideal para mí. Los últimos años, los pasé viviendo en el centro, donde todo queda a la mano y, sorprendentemente, a escala humana, pues sólo bastaba caminar unas cuadras, para ir al cine, al museo, al restorán italiano, japonés, hindú o chileno, a comprar lo que se me ocurriera (condimentos exóticos, ropa nueva o usada, herramientas, libros de todo tipo, música, etc), o caminar simplemente por la ciudad.
Suele decirse que los santiaguinos somos individualistas y acelerados, que no pescamos al prójimo y otra serie de características peyorativas. Yo creo que no. Precisamente por ser tantos (unos 5 millones), hemos aprendido a valorar al otro, aun cuando sea un(a) completo(a) y perfecto(a) desconocido(a). Sólo en Santiago, se puede hacer contacto visual con tanta facilidad, sin que por ello, el(la) otro(a) te tilde de psicópata y sin que necesariamente el contacto visual termine en amistad, o en una relación del tipo que sea. En cambio, en los lugares más rurales (ciudades con ínfulas de urbanidad, pero con realidad rural), nadie se mira ni se toca, y si intentas entablar conversación, puedes llegar a sentirte incómodo, pues percibes la inquietud del(la) otro(a) que se siente amenazado en su soledad de campesino acostumbardo a ver sólo árboles y animales rumiantes a su alrededor.¨
Por eso, cada vez que viajo a mi ciudad, abro más los ojos, pues no me quiero perder detalle alguno de ella, de sus calles, sus aromas y olores, sus parques y plazas, sus colores y formas y, sobre todo, su gente... esa que te muestra que sí importas y que estás en LA ciudad.
"Santiago y a ellos!!"

