Apología del gato

Ya sé que todavía no es agosto y hace rato que pasamos ese mes, pero aprovecharé de contarles algo acerca de estos hermosos felinos.

El insondable gato, a través de la historia, ha sido considerado siempre como un poderoso símbolo. Más que cualquier otro animal, representa la naturaleza dual de la divinidad: demiurgo bondadoso y destructor implacable. Los gatos fueron considerados dioses y venerados como tales en el antiguo Egipto, a tal punto, que cuando éstos morían, había un periodo de profundo luto por parte de sus dueños, quienes solían embalsamar a sus amados felinos, llegándose a encontrar tumbas con más 300.000 gatos momificados... Esta profunda devoción no es rara, pues estos ágiles animales tenían una función muy útil para la sociedad, ya que se encargaban de dar caza a los roedores que asolaban las reservas de trigo, cebada y otros granos, por lo tanto, los gatos aseguraban el bienestar de los habitantes de Egipto. Bastet (o Bashtet) era el nombre de la diosa egipcia con forma humana y cabeza de gato, que era venerada en los numerosos templos que esta deidad tenía edificados en su honor; tenía además, unas festividades en los meses de abril y mayo, a las que asistía gran cantidad de personas.
Los egipcios tenían gran fe en el poder de un gato vivo para protegerlo de todo tipo de males, naturales o sobrenaturales y también solían rezarle oraciones para evitar que los malos espíritus los atacaran. Hoy en día, gato en egipcio se dice Mau, palabra que semeja a un maullido.
En la mitología escandinava, Freya, la diosa del amor fructífero y de la belleza, solía ser representada montada en un carro que era tirado por una pareja del más afectuoso y fecundo animal doméstico: el gato. Además, el gato era símbolo del sol y, por lo tanto, se le asociaba al creador, el dios Odín.
Fue con el advenimiento del cristianismo, que los gatos bajaron sus bonos: y es casi evidente, pues los judíos no mencionan a los gatos en ningún lugar de los libros canónicos de la Biblia, debido al odio intolerante a todo lo que era venerado por sus antiguos patrones egipcios como sagrado.
Por otra parte, a través del sincretismo religioso el cristianismo tuvo que transformarse y asimilarse a las antiguas mitologías para poder penetrar en las costumbres de los pueblos. Así, por ejemplo, la diosa Freya, cuyo día de la semana era el viernes (freitag en alemán y fredag en sueco), fue asimilada con la brujería y los gatos con los corceles que las brujas cabalgan en sus correrías nocturnas.
De ahí en adelante, los gatos fueron invariablemente asociados con lo satánico, el mal y la brujería, al contrario de lo que ocurre con otras culturas (no cristianas) que lo veneran como animal de provecho.
Por ejemplo, los signos del horóscopo chino son 12 animales sagrados para Buda, porque fueron los únicos de entre todos los animales que respondieron a su llamado... entre ellos, el cuarto en llegar fue el gato...
Algunas almas supersticiosas (la superstición es hija de la ignorancia y del miedo), aún afirman que el gato es malo y lo tienen como traicionero... Nada más lejos de la realidad; el gato es independiente y él elige a su amo, a quien acompaña, cuida y defiende; sólo que no mueve la cola ni hace piruetas para congraciarse todos los días con su amo, pues su orgullo natural no les hace arrastrarse como un perro.
Un refrán celta dice: “Hay que desconfiar de aquel que odia a los gatos” y el mismo Neruda les dedicó una de sus odas elementales, la Oda al Gato, de la cual entrego un extracto:
El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola, (...)
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable (...),
pero no puedo descifrar un gato.
mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.
O el poeta francés, Charles Baudelaire, en su poema El Gato:
(...) Es mi espíritu familiar;
juzga, preside, inspira todo
desde la altura de su imperio,
¿por ventura es un mago, un dios?
Cuando a mis ojos hacia ese gato,
como atraídos por imán,
sumisamente se vuelven
y miro dentro de mí, (...)
Así, pues, el misterio que los gatos encierran, perdurará mientras existan sobre la tierra las ondulantes y silenciosas formas felinas y mientras haya quienes, como yo, les atraiga el enigma de lo desconocido y el sabor del misterio.

El insondable gato, a través de la historia, ha sido considerado siempre como un poderoso símbolo. Más que cualquier otro animal, representa la naturaleza dual de la divinidad: demiurgo bondadoso y destructor implacable. Los gatos fueron considerados dioses y venerados como tales en el antiguo Egipto, a tal punto, que cuando éstos morían, había un periodo de profundo luto por parte de sus dueños, quienes solían embalsamar a sus amados felinos, llegándose a encontrar tumbas con más 300.000 gatos momificados... Esta profunda devoción no es rara, pues estos ágiles animales tenían una función muy útil para la sociedad, ya que se encargaban de dar caza a los roedores que asolaban las reservas de trigo, cebada y otros granos, por lo tanto, los gatos aseguraban el bienestar de los habitantes de Egipto. Bastet (o Bashtet) era el nombre de la diosa egipcia con forma humana y cabeza de gato, que era venerada en los numerosos templos que esta deidad tenía edificados en su honor; tenía además, unas festividades en los meses de abril y mayo, a las que asistía gran cantidad de personas.
Los egipcios tenían gran fe en el poder de un gato vivo para protegerlo de todo tipo de males, naturales o sobrenaturales y también solían rezarle oraciones para evitar que los malos espíritus los atacaran. Hoy en día, gato en egipcio se dice Mau, palabra que semeja a un maullido.
En la mitología escandinava, Freya, la diosa del amor fructífero y de la belleza, solía ser representada montada en un carro que era tirado por una pareja del más afectuoso y fecundo animal doméstico: el gato. Además, el gato era símbolo del sol y, por lo tanto, se le asociaba al creador, el dios Odín.
Fue con el advenimiento del cristianismo, que los gatos bajaron sus bonos: y es casi evidente, pues los judíos no mencionan a los gatos en ningún lugar de los libros canónicos de la Biblia, debido al odio intolerante a todo lo que era venerado por sus antiguos patrones egipcios como sagrado.
Por otra parte, a través del sincretismo religioso el cristianismo tuvo que transformarse y asimilarse a las antiguas mitologías para poder penetrar en las costumbres de los pueblos. Así, por ejemplo, la diosa Freya, cuyo día de la semana era el viernes (freitag en alemán y fredag en sueco), fue asimilada con la brujería y los gatos con los corceles que las brujas cabalgan en sus correrías nocturnas.
De ahí en adelante, los gatos fueron invariablemente asociados con lo satánico, el mal y la brujería, al contrario de lo que ocurre con otras culturas (no cristianas) que lo veneran como animal de provecho.
Por ejemplo, los signos del horóscopo chino son 12 animales sagrados para Buda, porque fueron los únicos de entre todos los animales que respondieron a su llamado... entre ellos, el cuarto en llegar fue el gato...
Algunas almas supersticiosas (la superstición es hija de la ignorancia y del miedo), aún afirman que el gato es malo y lo tienen como traicionero... Nada más lejos de la realidad; el gato es independiente y él elige a su amo, a quien acompaña, cuida y defiende; sólo que no mueve la cola ni hace piruetas para congraciarse todos los días con su amo, pues su orgullo natural no les hace arrastrarse como un perro.
Un refrán celta dice: “Hay que desconfiar de aquel que odia a los gatos” y el mismo Neruda les dedicó una de sus odas elementales, la Oda al Gato, de la cual entrego un extracto:
El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola, (...)
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable (...),
pero no puedo descifrar un gato.
mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.
O el poeta francés, Charles Baudelaire, en su poema El Gato:
(...) Es mi espíritu familiar;
juzga, preside, inspira todo
desde la altura de su imperio,
¿por ventura es un mago, un dios?
Cuando a mis ojos hacia ese gato,
como atraídos por imán,
sumisamente se vuelven
y miro dentro de mí, (...)
Así, pues, el misterio que los gatos encierran, perdurará mientras existan sobre la tierra las ondulantes y silenciosas formas felinas y mientras haya quienes, como yo, les atraiga el enigma de lo desconocido y el sabor del misterio.

