Valparaíso
Hace tiempo que no escribía y, quizás se debía a un periodo de exceso de trabajo. Este año que pasó ha sido casi de perros: poca plata, mucha pega, muchos problemas. Pero, en fin, no nos quedaremos en el pasado pensando en lo que podríamos haber hecho o lo que podríamos hacer. Es mejor hacer. Es mejor ocuparse que preocuparse.
Por eso, casi a rompe y raja (la verdad, el refrán exacto es "rompe y rasga", pero sale mejor "rompe y raja"), me conseguí gratis un departamento en pleno centro del puerto y me di una semana de vacaciones con mi hijo en Valparaíso. Lo pasamos excelente; ni se acordó de su mamá (y yo menos); se divirtió como loco; jugamos en la arena; nos "mojamos las patitas", como dice él; paseamos en casi todos los ascensores de Valparaíso y comimos opiparamente.
Nos hacía falta un tiempo para los dos solos, pues creo que nos echábamos de menos, para poder conversar y conocernos, como sólo un niño de 4 años y su padre de 42 lo pueden hacer. Perdí la cuenta de cuántas veces me preguntó cosas como: "¿Qué hace una gaviota con un dragón, papi?" o "¿Por qué los helicópteros tienen una hélice chica y una hélice grande?". Fue genial.
Todavía resuena su risa en mis oídos cuando las olas lo alcanzaban, todavía veo su carita de sueño cuando lo levantaba a hacer pipí en medio de la noche... Y pensar en todo lo que nos queda por vivir juntos, me llena de esperanzas por los días, meses y años que vendrán. Espero poder seguir respondiendo satisfactoriamente sus preguntas llenas de magia; espero poder seguir mostrándole el lado amable y también triste de la vida; que el universo está lleno de paradojas; que no todo es blanco o negro, sino que hay matices; que la amistad, la generosidad, la justicia, la tolerancia y la verdad (entre otros muchos), son valores que jamás hay que olvidar, aunque la vida nos dé golpes y porrazos.
Y bien, quería hablar de Valparaíso y terminé babeando por mi hijo... es que lo adoro. Otro día contaré lo del puerto.
Por eso, casi a rompe y raja (la verdad, el refrán exacto es "rompe y rasga", pero sale mejor "rompe y raja"), me conseguí gratis un departamento en pleno centro del puerto y me di una semana de vacaciones con mi hijo en Valparaíso. Lo pasamos excelente; ni se acordó de su mamá (y yo menos); se divirtió como loco; jugamos en la arena; nos "mojamos las patitas", como dice él; paseamos en casi todos los ascensores de Valparaíso y comimos opiparamente.
Nos hacía falta un tiempo para los dos solos, pues creo que nos echábamos de menos, para poder conversar y conocernos, como sólo un niño de 4 años y su padre de 42 lo pueden hacer. Perdí la cuenta de cuántas veces me preguntó cosas como: "¿Qué hace una gaviota con un dragón, papi?" o "¿Por qué los helicópteros tienen una hélice chica y una hélice grande?". Fue genial.
Todavía resuena su risa en mis oídos cuando las olas lo alcanzaban, todavía veo su carita de sueño cuando lo levantaba a hacer pipí en medio de la noche... Y pensar en todo lo que nos queda por vivir juntos, me llena de esperanzas por los días, meses y años que vendrán. Espero poder seguir respondiendo satisfactoriamente sus preguntas llenas de magia; espero poder seguir mostrándole el lado amable y también triste de la vida; que el universo está lleno de paradojas; que no todo es blanco o negro, sino que hay matices; que la amistad, la generosidad, la justicia, la tolerancia y la verdad (entre otros muchos), son valores que jamás hay que olvidar, aunque la vida nos dé golpes y porrazos.
Y bien, quería hablar de Valparaíso y terminé babeando por mi hijo... es que lo adoro. Otro día contaré lo del puerto.

