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Entre 2 Columnas

El Universo en un Grano de Arena

lunes, febrero 14, 2005

Reflexiones a partir de un libro viejo

Hace unos días fui por segunda vez a la Feria del Libro Usado, ahí en el antiguo Claustro del 900, en Avenida Portugal, para terminar de recorrerla, pues la primera vez que fui no alcancé a ver todo lo que había y lo que me interesaba. Llevaba poco más de media hora y en un puesto en un rincón de la Feria, vi unos títulos que me llamaron la atención: Alquimia, Tarot, Simbolismo, Teosofía, Filosofía, etc. Fui y casi a quemarropa me encontré con un título que hace años buscaba: "Símbolos Fundamentales de la Ciencia Sagrada", de René Guénon y con otro libro que hace mucho buscaba, como es "Las Leyes de Manú", en una edición de 1941; todo un hallazgo. Finalmente me quedé con los "Símbolos..."; estaba bastante ajado (el libro), pero bien valía las 17 lucas que pagué por él. Mientras buscaba con deleite otros libros, me puse a conversar animadamente con el dueño del puesto y hablamos de Filosofía, Mística, de los libros que te llevan a el conocimiento que algunos andamos buscando, de Alquimia, de las experiencias personales y la conciencia, etc, etc, etc. Conversamos por más de una hora y media, hasta que me di cuenta que mi acompañante (no iba solo) ya tenía un poco de frío, pues, a pesar de ser verano, las mañanas y las tardes han estado frescas y ventosas. Así que me despedí del librero (que además, es poeta, ensayista, aprendiz de místico, mago y alquimista, y que, por si lo anterior fuera poco, ha desarrollado un sitio en la red, donde puedes encontrar casi todo lo que buscas respecto a estos temas). Su gran obra ha sido y es, sistematizar y estructurar en un todo armónico, la suma de conocimientos, tradiciones, sabidurías y hechos en torno a lo que podríamos llamar Esoterismo, aunque esa palabra ya no me gusta usarla mucho, puesto que connota algunos aspectos que nada tienen que ver con lo que hablamos. Hay quienes creen que Paulo Cohelo, por ejemplo, es esotérico y, además, sabio y para algunas personas del espectro ABC1 es una especie de gurú de la nueva era. Sin ir más lejos, basta saber que Cohelo es el gurú personal de Cecilia Bolocco...
En cualquier caso, esa conversación fue bastante provechosa. Me ayudó a reencauzar mi perdido camino, aunque aún me falta mucho... Y una de las cosas que conversamos y me quedó dando vueltas, se refiere a la parcialización de la realidad, esto es, ver las cosas desde un único punto de vista. Es como el Mito de la Caverna, de platón, en el que los habitantes de ésta, sólo ven las sombras proyectadas en las paredes y apenas vislumbran el resto del mundo que aparece ante ellos en la entrada de la caverna. ¿Cuántos de nosotros vivimos sin saberlo en el interior de nuestras propias cavernas sin atrevernos jamás a salir de ellas y sin saber siquiera que afuera está todo el Universo esperándonos? Somos como semillas que están bajo tierra, en la oscuridad y el silencio, esperando el momento propicio para germinar... pero no germinamos, porque simplemente no sabemos que podemos hacerlo... A esta parcialización, ayuda la especialización compulsiva que en todos los ámbitos del conocimiento y del saber se ha venido experimentando hace ya siglos, desde el apogeo del racionalismo. Vamos a un médico especialista, porque nos duele una mano y tenemos que ir a otro distinto si tenemos un resfrío y a un tercero si creemos que tenemos, por ejemplo, la presión alta. Y este último médico nos enviará a otro especialista para que nos haga exámenes, rayos, scanners, etc. Ni toda esa legión de médicos ni nosotros mismos nos acordamos que somos personas integrales, que somos más que la simple suma de órganos, huesos y piel. En el mundo laboral es lo mismo: todo está parcializado, todo existe y tiene validez si está en un compartimiento estanco. Hasta el uso de nuestro lenguaje se ha parcializado y, además, reducido. Ya no nombramos las cosas por el nombre que tienen; ya no aprovechamos el amplio y rico vocabulario del español, tenemos un léxico pobre y rudimentario, por lo tanto, manejamos cada vez menos conceptos y ni hablar de lo precarias que son las relaciones que logramos establecer entre éstos. Y si tenemos pobreza de lenguaje, tendremos necesariamente una escasa habilidad de generar, expresar, reflexionar y entender ideas, y con ello, nuestra realidad, esa que creamos con los conceptos, será insuficiente y paupérrima, rayana en la ridiculez.
Creo que ya va siendo tiempo de integrar(nos) al universo que nos rodea, unir el microcosmos al macrocosmos. ¿Por qué no aprovechamos la globalización o mundialización de la economía, las comunicaciones y la política para reunirnos con todo y con todos? ¡Pero cuidado! No nos olvidemos que "Religión" viene del latín religare que significa volver a unir. Y no por esta invitación a unirnos y ser uno con el universo vamos a equivocar el camino y unirnos con las nuevas tendencias... Mejor unirse a la esencia a la sustancia, tal como los antiguos alquimistas buscaban reunir su propia esencia con Dios, en una epifanía del espíritu, lograda a través de la obtención de la Piedra Filosofal. Toda una obra; la obra de la vida y que muy pocos han podido lograr.
Así, pues, seamos como alquimistas que laboran y que oran (laboratorio = labor + oratorio), que hacen y que esperan, que leen y que escriben, para convertir, al cabo de años de estudio, reflexión y trabajo, el propio espíritu en el oro más puro.

martes, febrero 08, 2005

Mi Viejo

Hoy, 8 de febrero, mi viejo habría cumplido 74 años...
Hace 3 que partió y hubo muchas cosas que nunca le pude decir y muchas cosas que no pudimos o no quisimos hacer juntos.
Cuando yo disponía de tiempo (mientras fui niño), él estaba muy ocupado con sus numerosas actividades de la oficina; y cuando él tuvo tiempo, era yo el que estaba muy ocupado con la universidad, los amigos y las pololas como para sentarnos a conversar y dejar que las palabras salieran.
Luego, sus enfermedades no lo dejaron disfrutar de su jubilación, de la compañía siempre fiel de mi mamá, de la familia, los nietos, en fin, de todo aquello que todos queremos disfrutar y hacer cuando tengamos la tarea de la vida hecha...
Me habría gustado, por ejemplo, decirle lo parecidos que resultamos ser. Cuando adolescente sólo quería distinguirme de él, tener la certeza que era diferente, que no cometería los mismos errores ni haría las mismas cosas. Ahora, me da risa darme cuenta que soy igual a él. Mi trabajo es casi igual que el que él hacía (y eso que mi viejo no fue profesional), hemos metido la pata de la misma manera y en el mismo hoyo, tenemos las mismas inquietudes sociales, nos relacionamos con los amigos de la misma forma, reaccionamos igual, somos de pocas palabras, etc.
Seguramente se reiría si le dijera que Dios es irónico, pues en su infinito humor negro, discurrió que, a pesar de todos mis esfuerzos, mi comportamiento, mi personalidad y mi vida tienen la impronta de lo que él me dejó. Y si bien no me dejó riquezas materiales ni nada que se le parezca, me dejó el empeño en lo que hago, el disfrutar con la compañía de mis amigos (amigos que igual como los suyos) son leales y de larga data. Me dejó el saber disfrutar la comida, el sentido del humor, y una respetable carga de defectos (no los enumeraré ahora) que me hacen ser de carne y hueso, tal como él.
Sin embargo, ya nos encontraremos en algún lugar. Tal vez te vuelva a sorprender con mis inagotables rebeldías y quizás te sientas orgulloso de ellas, pues el destino me dio la posibilidad de hacer aquellas cosas que tú no pudiste hacer.
Por mi parte, te contaré que con cada paso que doy en mi proceso de autoconocimiento, te voy conociendo más. A veces es como si estuvieras frente a mí, de tal manera que puedo mirarte a los ojos y sonreír... Sonreír de saber que fuimos hechos con el mismo molde, que tengo los mismos miedos, las mismas esperanzas y que por eso, somos cómplices, y me siento orgulloso de ello.
Y para finalizar, algo que parece que nunca te dije de adulto, pero que espero que igual sospecharas... Te quiero, papá.

lunes, febrero 07, 2005

TACIRUPECA JARRO Y LE BOLO
(Versión libre del popular cuento “La Caperucita Roja y el Lobo”)


En un oscuro bosque de cedros se dejaban sentir las apenas audibles pisadas producidas por los menudos pies de una linda joven de unos veinte años, de rubias y largas trenzas, vestida con un ajustado pantalón de cuero rojo y una parka brillante del mismo color, que caminaba con soltura por entre los árboles que filtraban un poco de la luz del mediodía. Iba cantando una canción de ´Adrián y los Dados Negros`, mientras llevaba un gran canasto de mimbre bajo el brazo, lleno de diversos alimentos como leche, frutas, hortalizas surtidas y otras cosas. Mientras caminaba por el sendero del bosque, resonaban en su mente las palabras que le dijera su Madre antes de salir: “Toma, Tacirupeca, anda con este canasto a casa de La Abuelita y entrégaselo; pero ten mucho cuidado con Le Bolo que merodea en lo más profundo del bosque, porque ya ha atacado a varias Tacirupecas y las ha matado. Así que apenas se lo entregues a La Abuelita, vuelve inmediatamente, no sea cosa que Le Bolo te encuentre y nos provoque problemas; toda la gente del bosque lo busca para darle su merecido”. A lo que Tacirupeca respondió: “No te preocupes Madre, no le tengo miedo a Le Bolo, porque en mis clases de defensa personal, me enseñaron a hacer frente a los malvados como ese animal.” Y mientras decía esto, palpaba con su mano la empuñadura de su revólver calibre 22.
Mientras esto ocurría, en un claro del bosque un astuto y fiero animal se paseaba de un lado a otro, murmurando palabras ininteligibles. De pronto se detuvo, vio la hora en el reloj -las 13:45- y dijo: “Muy bien; ya es la hora” y, luego de ponerse sus zapatillas y su impermeable gris, salió a la calle y tomó un colectivo que decía “El Bosque - Casa de La Abuelita”, pagó $600 al chofer, y al cabo de 40 minutos de viaje, llegaba a una casita junto a un cerro. Hizo un rodeo por fuera de la reja electrificada, buscando por dónde introducirse. Encontró un árbol con grandes y frondosas ramas y utilizó una de ellas, que pasaba por sobre la reja, para saltar al interior del patio, no sin cierta dificultad, pues casi resbala y cae. Agazapado, corrió con rapidez hacia una de las ventanas; la encontró entreabierta y, cuidando de no hacer ruido, entró. Una vez dentro, evaluó la situación escondido detrás de un sillón de felpa; revisó sus bolsillos como asegurándose que llevaba algo consigo. Luego, incorporándose, caminó pegado a las paredes, buscó con su penetrante mirada, olió con su desarrollado olfato y escuchó con las orejas erguidas. Detectó un ruido que venía desde una habitación a la derecha de donde se encontraba y, haciendo acopio de todo su valor y confiando en sus instintos, saltó súbitamente al interior. Allí estaba La Abuelita, recostada sobre una gran cama con dosel, viendo televisión con un vaso de whisky en la mano. “¡Te pillé!”, gritó Le Bolo y un estampido fue lo último que Abuelita escuchó en su ya larga vida, pues la bala de una Magnum 44 salía del cañón de la pistola de Le Bolo y se incrustaba justo entre sus ojos. Un hilillo de sangre que corría por su frente hasta la almohada, indicaba que Abuelita había dejado de existir. Le Bolo se secó con un pañuelo que sacó de su bolsillo, el sudor que caía copiosamente por su frente y comenzó a desarmar las ropas de la cama; luego le quitó las vestimentas a la Abuelita y se las puso él, junto con un gorro de dormir que había sobre el velador y que tenía bordadas en letras celestes las palabras “I LOVE N.Y.”; luego escondió el aún tibio cadáver de La Abuelita en un armario y se metió en la cama, tapándose hasta el cuello, a esperar la llegada de Tacirupeca. Sólo le quedaban a la vista sus enormes orejas, su gran nariz y sus ojos inyectados de sangre.
Tacirupeca Jarro había llegado, con su canasto, a los pies de un pequeño cerro en uno de cuyos faldeos se levantaba el bonito bungalow de dos pisos, que La Abuelita se había mandado a construir con el fruto de sus negocios de exportaciones hacia Oriente. Tocó el timbre del portero automático y por el intercomunicador una voz apenas audible dijo: “¿Si?” y Tacirupeca respondió: “Soy yo, Abuelita; ¡ábreme la puerta!”. Un ruido metálico resonó en el bosque y la puerta quedó abierta. Tacirupeca la cerró tras de sí y se dirigió a la casa. Subió los tres peldaños de madera de la escala y entró confiadamente, sin saber lo que le esperaba. Llegó al umbral de la puerta de la habitación de La Abuelita y dijo: ”Hola, Abuelita, ¿cómo estás?”. “Un poco resfriada”, respondió Le Bolo, disimulando la voz. “Aquí te traigo este canasto con frutas, verduras y otras cosas que envía Mamá”. Le Bolo se agitó un poco en la cama y, bajando la voz, le dijo a Tacirupeca: ”No te escucho bien, Tacirupeca, ¿podrías acercarte un poco más?”. Ella se acercó y, de pronto, se detuvo en seco, diciendo: “¡Pero qué orejas tan grandes tienes, Abuelita!” “Son para oírte mejor, Tacirupeca” “Y qué ojos tan grandes tienes, Abuelita” “Son para verte mejor, Tacirupeca”, respondió Le Bolo. Súbitamente y sin mediar otra cosa, Tacirupeca exclamó: ¡No me engañas, maldito Le Bolo” y sacó su revólver, disparándole casi a quemarropa a la cara. Le Bolo alcanzó a evitar el impacto y desde debajo de la ropa de cama salió el disparo de su Magnum, que le dio a Tacirupeca en el hombro izquierdo, botándola al suelo. Le Bolo brincó rápidamente sobre ella, pero ésta ya se estaba incorporando, mientras le decía: “¡Cobarde animal!. ¿Acaso no eres lo suficientemente valiente para pelear conmigo cuerpo a cuerpo? ¿O tienes miedo?” Le Bolo bajó el arma y una chispa de furia atravesó por su mirada; no era la primera vez que una Tacirupeca le hablaba así. “Muy bien”, dijo, “será cuerpo a cuerpo, pero antes dime: ¿cómo me descubriste?”. ”Fue muy sencillo: no dijiste correctamente la contraseña” Sorprendido Le Bolo dijo: “¿Qué contraseña?” “¡Esta!”, contestó Tacirupeca y le propinó un puntapié en el estómago a Le Bolo, haciéndolo agacharse, ocasión que aprovechó ella para darle un golpe en pleno rostro y decirle: “No debiste haber dicho ‘Para verte mejor’, sino ‘Para mirarte mejor’; eres un estúpido”. Le Bolo intentó levantarse, pero Tacirupeca lo pateó ahora en las costillas, haciéndolo aullar de dolor. Arrastrándose como podía, el animal trataba de protegerse del instinto de exterminio que Tacirupeca aplicaba contra su enemigo. Pero de pronto cayó desde el armario el cuerpo sin vida de Abuelita, haciendo que Tacirupeca perdiera el equilibrio. Le Bolo se abalanzó sobre su pistola y sin mediar advertencia, abrió fuego. Tacirupeca, con los ojos desorbitados y la boca abierta, cayó sobre el canasto que había depositado en el suelo, revelando su verdadero y más importante contenido: bajo las frutas y hortalizas, se escondía una bolsa de 2 Kg de pasta base. Le Bolo, con el semblante de la angustia de estar a punto de perder la vida reflejado en el rostro, se sentó en la cama, mirando las dos formas inertes, mientras de su revólver salía una voluta de humo. Era otra Tacirupeca Jarro eliminada.


LA ÚLTIMA MISIÓN
(Versión de Le Bolo)

Me tiene choreado esta pega: a cada rato hay que salir al bosque a buscar Tacirupecas... ¡y con el frío que hace hoy día! Pero de alguna forma hay que ganarse los porotos; tengo una esposa y cinco cachorros que mantener y no quiero que tengan el mismo destino que yo. No quiero que mis hijos estén arriesgando la vida para poder vivir... ¡Qué ironía! Tener que estar todos los días corriendo el riesgo de que una bala disparada por una de esas malditas Tacirupecas te dé en pleno rostro o de que una Abuelita te ponga otro balazo en la cabeza. ¡Qué asco de trabajo!; pero vamos, ya es la hora y no tengo tiempo que perder; esta semana no me autorizaron las horas extras y más encima ahora al jefe se le puso en la cabeza que hay que aplicar indicadores de gestión para mejorar el desempeño de los Bolos. Como si no fuera ya bastante difícil esta pega. ¿Dónde puse la plata para pagar el colectivo?...¡Ah! aquí está...¡Ni viático nos dan; tenemos que pagarnos nosotros mismos el pasaje, la comida y cualquier otro gasto que hagamos!...¡Grrr! Pero ya basta: sangre fría necesito ahora o, si no, me vuelan la cabeza... Ahí viene el colectivo... ¿A ver?... Sí; es el que me sirve. Para peor, esta cuestión viene llena y me tocó una vieja gorda al lado. Parece que voy a tener un mal día; lo único que falta, es que me pase del paradero y el próximo está como a tres kilómetros y estos choferes nunca paran entremedio. Tienen más mala voluntad. ¡Y eso no sería nada: ¿Y si me matan?! Hoy día tengo que vérmelas con una Abuelita y con una Tacirupeca que son, lejos, las más malas del bosque. En una de esas me hacen una emboscada y me despachan... Ya, mejor no pienso más en eso; voy a poner la mente en blanco...
...Pero con esta vieja gorda de al lado y que más encima parece que no se bañó, ¿quién puede poner nada en blanco? ¡Qué lata!...
Ya llegamos. Hummm, a ver por dónde se puede entrar a esta casa. Allí hay un árbol con una buena rama para saltar al otro lado y no electrocutarme en la reja... ¡Epa! casi me caigo. Hasta ahí no más habría llegado con mi carrera de Bolo... Parece que la Abuelita está sola; tanto mejor: así puedo operar tranquilo y es de esperar que todo salga bien. Aquí hay una ventana abierta... Ya estoy adentro. ¿Llevaré todo conmigo? A ver, la placa, la pistola, mis píldoras para los nervios... ¡Sí!, tengo todo. Ahora a ubicar a la Abuelita. Escucho un ruido en esa pieza... supongo que será ella. ¿Salto o no salto? ¡Aaah, salto no más!... La carita que puso la vieja,... ¡Uf, qué estampido! Parece que nunca voy a terminar de acostumbrarme al ruido que las pistolas hacen al disparar, pero ya está muerta... Una menos. Ahora tengo que disfrazarme con las ropas de la Abuelita; pero tienen manchas de sangre; obligado a ponérmelas así no más. Rápido, que la Tacirupeca debe estar por llegar y si me pilla aquí, sueno. Voy a tener que dejar a la Abuelita dentro del ropero, para que no se vea; ojalá que no se caiga en un mal momento o no chorree mucha sangre. ¿Cómo me veo? ¡Pésimo! la ropa me queda grande; es que estoy muy flaco y parece que hice mucha dieta además. Mejor me meto a la cama...
¡El timbre! Aquí llegó la Tacirupeca y ¡pucha! no me tomé las pastillas para los nervios; capaz que se dé cuenta que estoy nervioso y me pille. Mejor contesto... Viene entrando... Ahora tengo que disimular bien la voz, o si no... ¿Y por qué me pregunta eso, sospechará algo? Pero parece que voy bien. ¡Chuta, me equivoqué!... ¡Eh, un disparo!: esta Tacirupeca no se anda con chicas, apenas esquivé el balazo, pero yo le di en el hombro, voy a saltar encima para reducirla... Ya está de pie; que es rápida esta cabrita... ¡Ah, claro! como si fuera poca mi mala suerte, me reta a pelear cuerpo a cuerpo con ella y me trata como a un cobarde. ¡Es el colmo, me aburrí!... Le voy a sacar la mugre... Pero antes le pregunto cómo me descubrió... ¡¡Uff!!... Desgraciada, me sacó todo el aire... ¡¡Agg!!... Tengo que pararme...¡Ay!... ¡Se le cayó la Abuelita encima! Esta es la mía. ¡La pistola! ¿Dónde está la pistola? ¡Aquí!... Ahí te va lo tuyo, maldita Tacirupeca...
Por las cosas que hay que pasar; mañana mismo le presento la renuncia al jefe; no me importa que no me paguen finiquito, pero ya no aguanto más esta vida de sobresaltos. Todo el día esperando que aparezca alguien por detrás y me mate o que, en el mejor de los casos, me den una paliza hasta dejarme medio muerto. Estoy aburrido de andar persiguiendo Tacirupecas y Abuelitas traficantes y con lo que pagan, también. Estoy enfermo de los nervios, tengo la presión a cien por hora y el corazón ya ni lo siento de lo rápido que va. Un día de estos me va a dar un ataque en medio de una misión y me van a zurcir a patadas y a nadie le va a importar. Seguro que me van a hacer un lindo funeral; alguien, seguramente el jefe, va a hablar de lo leal y buen agente que yo era y todo lo demás, igual que cuando mataron a mi colega el Coyote en el desierto. Ese Correcaminos sí que se ensañó con el pobre Coyote.
Bueno, no saco nada también con quejarme; total, nadie me escucha... Mejor me voy a la casa a dormir.

UN TUNAZO EN LA CABEZA
(Versión de la Tacirupeca)

Mi Mamá siempre me manda a mí a dejarle encarguitos a la Abuelita; ¿acaso no hay otro gil que pueda hacer lo mismo? ¡No; siempre tiene que ser la Tacirupeca, la Tacirupeca! ¡Hasta cuándo, por la cresta!; hace tiempo que tengo ganas de hacer trabajos más importantes, que andar repartiendo las porquerías de canastos con pasta base a la Abuelita; si no fuera porque me pagan bien, ya me habría echado al pollo y habría aceptado ese trabajo en el café Top-less de los Tres Chanchitos: son medios cochinos los jetones, pero la pega es re entretenida... hay gallos con plata que te sacan a pasear, te invitan a comer y a tomar unos tragos y lo único que te piden a cambio, es que les hagai alguna cosita... Claro que son medios viejos, los huevones, pero... ¡Qué le vamos a hacer, total es por la plata y una es una mercenaria del trabajo!
Lo único bueno de estos viajes donde la Abuelita, es que de repente me encuentro con El Cazador y en una de esas pasa algo. Por eso me puse este pantalón de cuero que me queda bien apretadito, a ver si se tienta y atina conmigo; y no como la última vez que el gil estuvo como cuatro horas hablándome de su mamá, su trabajo y de puras tonteras y ni me tocó siquiera. ¿Será colihuacho este huevón?.
Con la cuevita que tengo, seguro que me encuentro con un Le Bolo y capaz que me mate; y si no me mata me confisca la pasta base y voy a tener problemas con mi Madre. Pero ando con la pistola. Apenas me cabía en la cartera, pero la eché... Allá está la casa de la Abuelita; se ve tranquilo todo... Demasiado tranquilo, diría yo. Mejor me meto la pistola en el bolsillo, por si las moscas y, además, voy a ocupar la contraseña. Por no ocuparla, la otra vez hicieron pebre a balazos al Piolín entre como cinco gatos. Pobre gallo, quedó como plumero viejo, y cómo lloraba su Abuelita en el funeral, se quería matar la vieja. Además perdió como cinco millones, porque los gatos se llevaron la mercancía y la quemaron.
La Abuelita contestó bien la contraseña. Se ve todo normal en la casa, pero no confiemos, puede haber un Bolo en cualquier parte... ¡Aquí está la Abuelita!... La encuentro media rara; está muy nerviosa: le voy a preguntar la contraseña nueva a ver qué pasa... ¡Cresta, no era ná la Abuelita! ¡¡Un Bolo!!... ¡Tómate esta papita, Bolito!... ¡Mierda!, me dio un tungazo en el hombro; tiene buenos reflejos este jetón, tengo que enfrentarlo de otra forma. ¡Puta que duele!... Hay que ser maletera no más: ahí tenís una buena pata`a en la guata, y toma otra más en las costillas, Bolo maricón. ¿Me quería matar el muy boludo?... ¡Eh, qué cresta pasa! ¡Ahh, la Abuelita; la mató este desgraciado!... ¡Epa, me va a pegar un tungazo en la cabeza... ¡¡Chu...!!

viernes, febrero 04, 2005

En El Auto

Recién la había visto y su manera de moverse como pantera en celo y su aroma salvaje, me hicieron desearla inmediatamente. Cuando se dio cuenta de mi presencia comenzó a huir por la calle, agitando las hojas secas de la vereda hasta meterse en el auto abandonado del callejón, el mismo que los niños del barrio usan como escondite.

Esperé afuera, mientras me arreglaba el pelo. El aroma que salía del auto, fue suficiente invitación para mí.

“¡Qué suerte!”, pensé, hoy voy a tener sexo en un asiento de auto y no, como siempre, en los fríos techos de zinc.



Pezespada





Filosofando

Al clásico trío de actividades recomendadas por algún poeta o filósofo para cultivar el espíritu, a saber: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro, agregaría una cuarta. Envolver un triciclo o ponerle calcetines a una gallina, ambas proezas que desafían las inteligencias y habilidades humanas más señeras y que permitirán completar nuestra evolución espiritual.

El Curso de la Vida

A manera de currículum vitae y aun a riesgo de convertirse para los posibles y remotos lectores en tedium vitae, presento una parte de mí:

Me gustan los ojos y la risa de mi hijo; los libros (si antiguos, mejor);la música (pero cierta música); las mujeres bien vestidas, pero casuales; el mar, las olas... el viento, los árboles, los chocolates; el jugo de naranja con helado de piña; el buen vino (y otras bebidas espirituosas); las curvas de las mujeres; los perfumes exóticos y persistentes; las comidas especiadas, las alcaparras, el jengibre y los frutos secos; salir a comer y conversar con amigos; flirtear, andar enamorado; escribir; estirarme como gato... por cierto los gatos, los búhos, los cuervos y una blanca perrita maltés; las mujeres intelectuales, pero poco serias y dotadas de un buen perfume; comprar libros, música y ropa; la melancolía; caminar de noche; dormir, retozar desnudo con una mujer (¿y por qué no con dos?); contar historias; hacerme el simpático; regalonear y que me regaloneen; viajar, soñar despierto; investigar cosas extrañas; los libros de Borges, Poe y Machen; dormir en una hamaca; los juegos de estrategia y conocimiento; ser flexible; llorar de vez en cuando; la “Oda al caldillo de congrio”, la “Oda al gato”, el “Bestiario” y “El libro de las preguntas” de Neruda; las ruinas de piedra; los asados, cocinar para mis amigos; reírme (de mí, de ti, de los otros... y con los otros); las gárgolas; la poesía zen y los haiku; la música y la literatura medieval; manejar autos; mirar fotos; los “Poetas malditos”; comer sushi; las pinturas de El Bosco, Brueghel y Escher; el incienso; los crepúsculos; “Your Song” de Elton John, "Eyes Without A Face" de Billy Idol; las playas solitarias; las mujeres góticas; contemplar a mi hijo durmiendo; el whisky, el Drambuie y el Bailey’s; los cementerios...

Me carga el olor a sobaco y a las galletas que venden en el centro de Santiago; que se me ocurra algo para escribir justo cuando ando sin papel y sin lápiz; los gritos (y la gente gritona); ser tímido (aunque pueda tener algunas ventajas); que me miren cuando escribo; no tener todo el tiempo para leer los libros que me gustaría leer, no tener todo el tiempo para escuchar la música que me gustaría escuchar; no saber dibujar ni pintar; no atreverme a hacer algunas cosas que me gustaría; los tontos; la caspa y mi pelo lacio; los erizos, las coliflores, los sesos, las coles de bruselas, los chunchules y las patas de chancho; que se me acabe el lápiz cuando estoy escribiendo; no tener algo que ofrecerle a un amigo; la sopa fría; el calor excesivo; algunas formalidades; saber que el refrigerador está vacío; andar sin plata; que me roben; la sensación de trabajar sin sentido; el ruido; la gente ignorante; quedarme sin espacio para escribir; comer solo (además de ser triste); no tener algo para leer; los bocinazos; no ser yo mismo a veces; sentirme obligado; la gente poco discreta; la música tropical y cebollera; no luchar por mis sueños; el IVA en los libros; no saber tocar guitarra; no poder andar a pata pelada en la oficina; tener sólo 3 semanas de vacaciones y una sola vez al año...

Así soy... más o menos...

jueves, febrero 03, 2005

¿Por qué "El Universo En Un Grano De Arena"?

¿Has Leído "El Aleph" de Borges? En ese cuento, Borges nos presenta a un personaje que, en la escala de un sótano, encuentra un punto en el Universo donde están todos los otros puntos, es decir, donde se puede ver todo y todas las cosas, el pasado, el presente y el futuro, todas las personas, sus vidas, sus historias, miserias y logros, penas y alegrías. Ese punto en el Universo, se llama Aleph. Escritores como William Blake también tuvieron este tipo de intuiciones místicas, las que supieron transformar en literatura.
Y la intención de este sitio es esa: mostrar un poco de todo y para todo aquel que quiera ver. Quizás no deba dejar de reconocer que también hay algo de exhibicionismo en todo esto. Esa secreta y personal forma de mostrar el ego a los demás, con propósitos no siempre reconocidos y no siempre tan sanos.
Adelante, pues, las puertas están abiertas.